Abolicionismo y antisegregacionismo en los textos de José Martí

DOI : 10.35562/textures.120

p. 181-193

Plan

Texte

“En la patria de mi amor
Quisiera yo ver nacer
El pueblo que puede ser, Sin odios y sin color.”
1

“Ser culto es el único modo de ser libre”2.

“La libertad no es una bandera a cuya sombra los vencedores devoran a los vencidos y los abruman con su incansable rencor: la libertad es una loca robusta que tiene un padre, el más dulce de los padres –el amor– y una madre, la más rica de las madres –la paz. Sin mutuo amor, sin mutua ayuda, siempre será un país raquítico. La dicha es el premio de los que crean, –y no de los que se destruyen”3.

Precursor del Modernismo latinoamericano, el poeta y pensador cubano de Nuestra América llegó a combinar el compromiso independentista y el proyecto de una sociedad igualitaria, fundamentado en la ética de un letrado del siglo XIX. Fue inspirado por los valores espirituales y artísticos, tanto del poeta mago romántico como de los filósofos griegos y los pensadores del Siglo de las Luces. Según Carmen Suárez León, Víctor Hugo y José Martí fueron dos creadores de aliento épico que aspiraban a la libertad: “le premier incarne la modernité du monde occidental, le relais d’un monde aux grandes traditions culturelles et impériales; le second couronne une tradition contre-coloniale et éclaire un monde nouveau où il fallait fonder toutes les libertés et anéantir les servitudes”.4

Poeta visionario y lúcido hombre político, Martí encarnó el combate nacional por la independencia de Cuba, afrontando la represión del gobierno colonial español y la censura. Llegó a superar las divergencias políticas de sus compatriotas y las rivalidades internas. Para aquellas nuevas naciones en aras de construcción y desarrollo, aspiraba a la soberanía y emancipación, defendiendo la democracia y la libertad. Fue el precursor de la emancipación cultural de afirmación identitaria de la América criolla y mestiza, a favor de la igualdad racial y social, mediante la integración política y la educación para todos. Para alcanzar tales objetivos, promovió la unidad de las naciones latinas que compartían la misma herencia de la Colonia. Era preciso condenar y superar la violencia política, las dictaduras y la inestabilidad gubernamental, el irrespeto de los derechos y las constituciones, las autocracias y los caudillismos, las guerras civiles. Había que transformar la organización social segregativa, vencer las discriminaciones, injusticias y desigualdades sociales, económicas, culturales y raciales.

Gracias a sus estancias sucesivas en el extranjero (España, México, Guatemala, Venezuela, Estados Unidos), a sus numerosos desplazamientos en nombre del Partido Revolucionario Cubano creado por él con el fin de unificar la lucha en el exilio y en la Isla (Caribe, América central), aprendió a conocer mejor al ser humano: Presidentes de la República en México o Guatemala, excelsos poetas o filósofos (Víctor Hugo, Walt Whitman, Ralph W. Emerson), hombres humildes (obreros explotados y huelguistas reprimidos, esclavos negros, indios discriminados). Aunque no era partidario de la “guerra social” ni de la lucha de clases, anhelaba romper las barreras de raza o de clase: “Con los pobres de la tierra/quiero yo mi suerte echar” (Poema III, Versos Sencillos, 1891). Quería “hacer el bien”, “con todos y para el bien de todos” (discurso de Tampa del 26 de noviembre de 1891) y para la humanidad: “sólo el amor engendra melodías” (“Crin hirsuta”, Versos Libres, escritos por los años 1882-1885). La visión del mundo de José Martí, desde Europa hacia América Latina, es la de un espíritu descentrado y curioso, que anuncia la modernidad contemporánea del “Tout-Monde” (Edouard Glissant). Dio a conocer su América a sus habitantes, puso en marcha todo un proceso de toma de conciencia identitaria y auto-desalienante que liberara a estos pueblos política y culturalmente. Combatió las exacciones del poder colonial, mediante posiciones muy avanzadas para aquella época, con su deseo de ir en contra de los prejuicios, de las ideas preconcebidas y las formas, frecuentes en su tiempo, de discriminación y segregación contra los negros descendientes de esclavos, los indígenas vencidos y humillados, los obreros del proletariado naciente y los colonos o campesinos expropiados en beneficio de la concentración latifundista. Fomentó la educación y el acceso libre para todos y todas a la escuela. Creó y apoyó asociaciones no segregadas para promover el aprendizaje de la escritura a los obreros negros iletrados de origen cubano, instalados en Florida. Se declaró a favor de la separación efectiva del Estado y la Iglesia, del respeto de las instituciones y del derecho al sufragio universal.

Para ilustrar las posiciones antirracistas y antisegregacionistas de Martí, nos proponemos dar una muestra temática de algunos textos claves del letrado cubano: “Mi raza”, “Madre América”, “Nuestra América”, los “Apuntes de viaje”, con algunas referencias a sus cartas y a las crónicas de las Conferencias del Congreso de Washington. Destacaremos sus posiciones acerca del tema de la “raza”, de la esclavitud y el abolicionismo, del independentismo y la “cuestión de los negros”, así como su proyección en cuanto al contexto estadounidense.

En torno a la independencia y la abolición

La colonia española se asentó y prosperó en la isla de Cuba, durante más de cuatro siglos, gracias al comercio marítimo y a la agricultura de pequeña productividad, con la trata negrera, reforzada a finales del siglo XVIII por la economía de plantación organizada esencialmente con mano de obra esclava. Entre 1511 y 1761, unos 60 000 esclavos fueron introducidos en Cuba, entre 1790 y 1860, más de 300 000. Entre 1817, fecha de la primera prohibición de la trata, y 1835, año de la Ley de represión del tráfico negrero, el comercio transatlántico, legal y clandestino, estuvo en constante aumento; luego, se detuvo paulatinamente entre 1860 y 1873. Se abolió la esclavitud entre 1880 y 1886. Pese a un destacado abolicionismo desde la Isla (años 1830-40) y las presiones de los británicos, la abolición para muchos esclavos, negros criollos o recién llegados de África, no fue efectiva hasta la Primera Guerra de Independencia. Por estos años (con el aumento de la trata), la población negra (libre y esclava, de color) superaba el número de blancos en la Isla, en la parte occidental y central; asimismo, se incrementaron las rebeliones (palenques en Oriente y el centro del país) y el cimarronaje se enfrentó a la represión colonial agudizada por las masacres y las ejecuciones durante la Conspiración de la Escalera (1844).

Además del problema específico de Cuba (alargamiento de la duración de la trata, de la esclavitud y porcentaje creciente de negros y mulatos en la población cubana a lo largo del siglo XIX), José Martí tuvo una buena comprensión de las características étnicas de América, por la diversidad cultural y social del continente latino. La población de América se componía sólo en parte de criollos de origen español, minoritarios en su mayoría, o a veces mayoritarios con los mestizos (lo eran entre letrados y políticos). En muchas regiones, los pueblos indígenas eran mayoritarios. Los blancos representaban una pequeña mayoría, variable según los países y las épocas (entre los siglos XIX y XX), frente a mulatos y negros descendientes de esclavos africanos presentes en el Caribe insular y continental, en Brasil, en algunas provincias de Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, y en porcentaje ínfimo en Bolivia, Uruguay, Argentina. El mito de una América blanca, mantenido antes y después de Martí, en países que ocultaban a sus indios o sus negros o los forzaban a asimilarse, perduró en la práctica del “blanqueamiento” para alcanzar la “raza ideal” que permitiera el ascenso social, sin destruir los esquemas segregativos.

En el siglo XIX, se consideraba la esclavitud como práctica degradante para el amo blanco pero fueron pocos los que denunciaron la deshumanización infligida al esclavo y menos aún los que promovieron la igualdad racial. Cuba no iba a conocer aquella sociedad ideal, soñada por Martí, durante la República (1902-1958) liderada al principio por antiguas figuras de la Segunda Guerra de Independencia, y vigilada de cerca por las leyes de sumisión al imperio estadounidense (hasta las prácticas de segregación en lugares públicos en los años 1940-1950). El país se mantuvo alejado del modelo ideado por Martí, salvo algunas excepciones con la Constitución democrática de 1940, y luego con la de la Revolución (1976), siendo éstas las más avanzadas al respecto (cf. Alejandro de la Fuente).

José Martí fue el primer poeta en condenar simbólicamente la esclavitud como crimen contra la humanidad (poema XXX, VS). Fue él quien escribió que las razas no existían (“Mi raza”, “Nuestra América”): que uno sea blanco, negro o mulato, lo que importa es el patriota y el ser humano. El poeta puso su verdad al servicio de los demás, del Bien como valor esencial, pero sin pretensiones a la fama o la gracia absoluta, ni a convertirse en un guía para la eternidad, ni en una estatua de mármol (“Sueño con claustros de mármol”, XLV, VS). Evocó el tema de la igualdad racial repetidas veces entre 1880 y 1888, y no cesó, tras el fin del combate abolicionista en Cuba, de sostener tesis antirracistas y antisegregacionistas, para Cuba y todos los países de la América del norte y del sur. En un discurso patriótico de 1888 (“Diez de octubre de 1888”, Masonic Temple, Nueva York), dirigido a los cubanos patriotas en el exilio, recordó la necesidad de acabar con la discriminación y los prejuicios heredados de la Colonia. Los cubanos debían integrar dos principios básicos en el sentimiento patriótico de defensa de la soberanía nacional: el reconocimiento del apoyo de los negros durante la Primera Guerra de Independencia en la que muchos esclavos fueron liberados por ser soldados de la Primera República en armas (1868-1878), y la unión de todos en favor de una causa común, la libertad nacional. En 1890, funda la Liga, asociación de protección y mutuo apoyo a la educación para los cubanos y puertorriqueños negros o mulatos, obreros analfabetos del tabaco de las manufacturas de Florida. Para profundizar sobre estos temas, aconsejamos la lectura de los ensayos de Paul Estrade, Los fundamentos de la democracia en Latinoamérica (en la segunda parte, “La defensa de los desheredados”, pp. 209-270) y de Jean Lamore, José Martí, La liberté de Cuba et de l’Amérique latine (pp. 9-17, capítulos VI, VII, VIII, “Martí y las razas”, pp. 121-149).

“Mi raza”

Ante la urgencia de unificar la emigración en Estados Unidos, de evitar la desunión entre los exiliados y en Cuba frente al tema de la abolición y luego de la independencia, Martí promovió la unión de todos. En el texto escrito en Nueva York, “Mi raza” (Patria, 16 de abril de 18935), asumió el claro objetivo de dejar atrás las arcaicas divisiones raciales y la oposición libertad versus servidumbre. Más allá de los conceptos de raza y de racismo genético tan debatidos en el siglo XIX (tesis evolucionistas), y de las divisiones internas (conflictos de clases), tanto de los racistas blancos como negros, Martí abogaba por los derechos del ser humano. La tonalidad didáctica de su corto artículo es motivada por el anhelo de convencer a sus interlocutores:

“El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra; dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos.”
“Insistir en las divisiones de raza, en las diferencias de raza, de un pueblo naturalmente dividido, es dificultar la ventura pública y la individual, que están en el mayor acercamiento de los factores que han de vivir en común.”

Se notará la constante preocupación de Martí por el bien común, la comunión de intereses individuales y colectivos, y la defensa de la idea de una convivencia insoslayable por ser evidente (“han de vivir en común”), en un pueblo “naturalmente dividido” cuyo poblamiento se hizo a lo largo de los siglos de su existencia mediante el cruce étnico y la aculturación. Por lo demás, no se puede cambiar el pasado, al contrario hay que vanagloriarse de la historia nacional. La recuerda el escritor, como en muchos otros textos, a través de la gesta ejemplar de la Primera República en armas (primera abolición y Constitución de Guáimaro de 1869): “La República no se puede volver atrás”, “En Cuba hay mucha grandeza en negros y blancos.” Estos argumentos situados al final del texto permiten ganarse el apoyo de sus lectores, es un razonamiento que nadie puede negarle: los valores republicanos unen a los patriotas en torno a la defensa de la libertad y la igualdad. “En Cuba no hay temor a la guerra de razas. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro.”

No obstante, la circunstancia nacional no es la única óptica privilegiada en este artículo considerado como una aclaración, como lo anuncia el locutor en la primera frase: “Esa de racista está siendo una palabra confusa y hay que ponerla en claro.” A lo largo de su exposición didáctica que provoca obvios efectos de concientización, con su tono sentencioso y solemne, se avanzan los argumentos que introducen (los primeros citados) o concluyen cada sección argumentativa: “La paz pide los derechos comunes de la naturaleza; los derechos diferenciales, contrarios a la naturaleza, son enemigos de la paz.” Sus criterios, seguramente influidos por los conceptos humanistas de Diderot y Rousseau, en cuanto a humanidad y derecho natural, se combinan con los de alcance ético y político: “Los negros están demasiado cansados de la esclavitud para entrar voluntariamente en la esclavitud del color. Los hombres de pompa e interés se irán de un lado, blancos o negros; y los hombres generosos y desinteresados se irán de otro.”

La perspectiva humanista y universalista es la que prima en los discursos suyos de esta índole sentenciosa y declarativa (que es declaración de fe ética y patriótica, a la vez que humanista), con la defensa de cualidades como la generosidad, el decoro, la “lealtad y ternura”. Un hombre vale por sus méritos y no por su color de piel: aseveración que fue altamente innovadora en aquella sociedad finisecular, basada en el sistema social racializado de la Colonia.

El activista cubano no dejó de lado otra posición inquebrantable de su combate político: la integración social y los derechos para cada ciudadano. Al evocar a los sabios que sí saben olvidar su color, tanto los blancos como los negros, expresa su ideal de justicia y armonía social: “Juntos trabajan, blancos y negros, por el cultivo de la mente, por la propagación de la virtud, por el triunfo del trabajo creador y de la caridad sublime.” Son los lemas de Martí que reivindicaba el culto al trabajo y la solidaridad, el acceso a la educación y la cultura para el bien de todos.

“Martí y las razas”

El antropólogo cubano Fernando Ortiz, en su famosa conferencia “Martí y las razas”, pronunciada en La Habana (1941), delante del Palacio de los Capitanes Generales de la Isla, antiguo símbolo del dominio colonial, evoca el contexto de Martí y aquel ambiente opresivo: “el absolutismo colonial, con falta de libertades y sobra de opresiones, necesitaba del racismo como elemento ideológico de su estructuración social.” “Tuvo Martí que librarse del peso de los vetustos prejuicios e intereses, que hacían gravitar unas razas sobre otras, incapacitándolas a todas para la integración nacional”.6 Fernando Ortiz comenta que Martí tenía el proyecto de publicar un libro titulado “Mis negros”. Quedan relatados en sus archivos sus encuentros con negros esclavos o libres, y sus recuerdos de la esclavitud: las “cadenas” y las “trabas” (el bocabajo en el pueblo de Hanábana que le inspiró su poema XXX de los Versos sencillos de 1891); el anciano a quien conoció en el presidio “algo de robles rotos, majestad desoladora”; un niño o “negrito”, etc. Establece la diferencia entre “los negros de África salvajes” y los criollos de Cuba. Los considera de raza “de alma noble y generosa” pero de “razas primitivas”:

“Tiene el negro una bondad nativa, que ni el martirio de la esclavitud pervierte, no se obscurece con su varonil bravura. […] íntima comunión con la naturaleza, puede con ella estremecerse y regocijarse”; “recuerda en sus movimientos la majestad del león: y hay en su afecto una lealtad tan dulce que no hace pensar en los perros, sino en las palomas; y hay en sus pasiones tal claridad, tenacidad, intensidad, que se parecen a la de los rayos del sol”7

Esta bondad es natural, primigenia (de nacimiento), no pervertida por la civilización europea, siendo lo natural y bruto, sin pulir, es un valor positivo en el ideal martiano. Podemos observar el primitivismo de la época, pero remitimos a los cuentos de La Edad de oro en que se evocan sin distinciones jerárquicas todas las civilizaciones, África incluida. Como señala Iván Schulman, “en el negro descubre Martí bondades y virtudes raigales como las del indio, y lo vincula con la naturaleza, modo martiano de afirmar su innata superioridad humana y su acendrado espiritualismo.”8

Constituye una mirada desde fuera, siendo Martí un criollo, hijo de españoles peninsulares: no era ni indio ni negro ni mulato. Esa identificación social y cultural suya “con los pobres de la tierra” (Poema III, VS) es impulsada por su proyección firmemente política. Adopta una posición defensiva para contrarrestar las visiones prejuiciadas que se daban de los negros a los que se solía asociar con lo feo y diabólico desde los tiempos coloniales. Martí se esfuerza por destacar sus cualidades: bondad natural, capacidad emocional y espiritual de percibir lo bello de la naturaleza, humildad y honradez, ansia de acceder a la educación y cultura (y a la razón). La perspectiva política de Martí para integrar al negro a la nación no sólo estriba en reconocer su papel político y militar con la Independencia sino que forma parte de su proyecto de sociedad criolla. Para ello, el descendiente de esclavos tenía que recobrar su humanidad, lo que le había sido negado en tiempos de esclavitud.

Por lo demás, dos de los pilares del movimiento independentista de Cuba eran negros y amigos de Martí: Antonio Maceo caído en combate un año después del poeta (1896), con el que estaba en contacto desde el año 1882, y Juan Gualberto Gómez desde 1879, periodista y pensador político, fundador de los periódicos La Igualdad y La Fraternidad en La Habana. Son muchos los testimonios de Martí sobre figuras revolucionarias de la Independencia, por ejemplo dedicados a Rafael Serra, Antonio Maceo a cuya madre, Mariana Grajales, le rindió un famoso homenaje (1892).

En los textos revolucionarios de Patria, siempre se reitera la idea de unión de los cubanos: “Los hombres verdaderos, negros o blancos, se tratarán con lealtad y ternura, por el gusto del mérito, y el orgullo de todo lo que honre la tierra en que nacimos, negro o blanco.” (“Mi raza”) Hallamos los mismos juicios y valores morales, el decoro, el respeto, el amor:

“el perdón mutuo de una y otra raza, y aquella prudencia siempre digna y siempre generosa de que sé que su altivo y noble corazón está animado. Para mí es un criminal el que promueva en Cuba odios, o se aproveche de los que existen. Y otro criminal el que pretenda sofocar las aspiraciones legítimas a la vida de una raza buena y prudente que ha sido ya bastante desgraciada.”
“Los esclavos, blancos o negros, fueron depuestos en largas generaciones, por el recuerdo de la esclavitud más que por la culpa del color, del derecho en la aptitud y en la virtud con sus antiguos amos.”9

Otros textos de Martí son comentados por Ortiz, mediante un discurso osado en una época en que todavía los prejuicios raciales eran vigentes, a pesar de que la vanguardia negrista de los años 1920-1930 había dado más visibilidad a los aportes africanos en la cultura cubana y al combate por los derechos cívicos y la integración de los negros. Además, en los años cuarenta, poco se conocía sobre los textos de Martí. Ortiz resalta la importancia de los últimos escritos del poeta durante la preparación de la guerra hasta el “Manifiesto de Montecristi” y la carta a Henríquez y Carvajal, desde la República dominicana, en los que el cubano se oponía a la tiranía colonial desmintiendo el hecho de que iba a ser una guerra de razas, porque los revolucionarios cubanos iban aliados a los negros de Jamaica y Haití (los mismos argumentos de casi un siglo atrás, cuando la gesta de Bolívar y su discurso tan debatido de la Carta de Jamaica).

“Para muchos blancos era un temor real a la rebeldía de los subyugados, para otros era un pretexto más para la subyugación; para unos negros era un signo de su propia potencia, que era temida por ser amenaza verdadera; para otros era un nuevo vejamen que más los aherrojaba en la servidumbre; para todos, para blancos y negros, era una dolorosa preocupación, una muralla contra libertades y progresos, un complejo inhibitorio que durante siglos influyó, y no hay por qué negar que influye todavía, en las sinuosidades de nuestra historia patria.”10

Antes y después de la Guerra de los Diez Años, perduraba el miedo al negro, a los mambises. Según Miguel Barnet, “más de 70 % de los mambises o guerreros cubanos eran de origen africano”11. Desde la Primera Guerra, el gobierno colonial dividía en Cuba a su población de color (favores y distinciones a ciertos negros y mulatos, paternalismo); liberaron a los esclavos que lucharon del lado español durante la guerra. En el bando español (aunque también los hubo independentistas), se posicionaban los Batallones de Pardos y Morenos (institución colonial militar), frente a muchos esclavos y cimarrones que se unieron a los primeros alzados en 1868-69. Nótese que el texto de declaración de la abolición de Carlos Manuel de Céspedes era bastante moderado, pues pedía la abolición progresiva y con indemnizaciones (cf. Constitución de Guáimaro). El texto de Antonio Maceo, el Titán de Bronce, declarado en el exilio en Kingston (1879), “Proclama ¡Viva Cuba independiente!”, resulta mucho más revolucionario. Luego de dirigirse a los “jóvenes”, al pueblo (“tu, pueblo”), a los “españoles”, a los “cubanos”, y antes de terminar por los “compañeros de la pasada guerra” y los “cubanos emigrados”, declaraba el líder independentista:

“¡Esclavos! El tirano os ha negado la libertad y os condena al martirio. El hombre negro es tan libre como el blanco: la maldad del opresor os tiene sufriendo las crueldades de vuestros amos. El látigo que aún cruje sobre vuestras espaldas lo sufrís porque estáis engañados; recordad que vuestros compañeros que pelearon en la pasada guerra, conquistaron su libertad porque los cubría la bandera de Cuba, que es la de todos los cubanos; agrupaos, pues, bajo de ella, y obtendréis libertad y derecho, y haréis luego causa común con los que hoy quieren redimiros de la degradante situación en que os encontráis.”12

A estas posiciones tan radicales para el contexto de la época, le hacen eco los escritos de Martí:

“Libres hicimos a los hombres negros, y es necesario que sean libres. Viles dejamos de ser los hombres blancos, y es necesario que no volvamos a ser viles.”13

Nuestra América

En “Nuestra América”, la concepción del hombre americano representado por el mestizo ha de contar con la de “hombre natural”, descartando al criollo alienado por modelos europeos. Pero la unidad ha de hacerse con todos: “El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico”, “No hay odio de razas, porque no hay razas”; “Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de razas”. Más allá del lenguaje cristiano generalmente poco usado por el cubano por preferirle el criterio moral, privilegia la bondad del hombre que adquiere legitimidad al ejercer el bien en nombre de la justicia. El que guía esa marcha hacia la unidad es el aldeano, orgulloso de sus raíces, el que parte a vencer el ejército del Norte, aquél que “ahoga en sangre a sus indios”: “con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”14. El historiador Pedro Pablo Rodríguez explicita la noción de “hombre natural” asociada a la “república nueva”, para cuando Cuba se libere:

“[…] ese reconocimiento del “hombre natural” (cuyo desdeño, incluso, explica para Martí el fenómeno del tirano o caudillo latinoamericano) no implicaba para el Maestro alejarse de su aspiración a un equilibrio de todos los elementos del país (que incluiría, por supuesto, al criollo y al culto).
Tampoco puede obviarse cómo su concepto del hombre natural reúne al indio (el descendiente de la cultura original), al negro (aportador de otros elementos a esta nueva identidad latinoamericana) y a un sector social bien definido: el campesino, es decir, el trabajador de la tierra en países de franca economía agrícola bien lejos todavía de la industrialización.”15

Frente a la barbarie, Martí junta a sus personajes emblemáticos, “el indio, el negro, el campesino”, por ser las fuerzas sociales que encarnan la futura rebelión de los oprimidos, invirtiendo el famoso debate entre “civilización y barbarie”. El indio queda mudo y se va a la selva donde permanece, viviendo en armonía con su medio natural. El negro canta una música triste, “solo y desconocido, entre las olas y las fieras”. Aunque la puesta en escena del negro con la música es algo estereotipado (desde el teatro bufo cubano y las coplas de las guarachas satíricas y racistas), se evoca su sufrimiento por su condición de descendiente de esclavo, su pobreza o su pérdida de libertad. Tal vez la imagen de las olas remita al pasado remoto de la travesía transatlántica cuando el comercio triangular deportaba a millones de cautivos africanos; entonces las fieras podrían designar a los perros de presa o mastines amaestrados para perseguir esclavos fugitivos. La soledad, aludida en la cita anterior, sería la consecuencia de la marginalización y segregación racial de la cual era víctima el negro en toda América.

En sus “Apuntes de viaje”, en que afloran la profunda americanidad de José Martí y su compromiso americanista, el locutor convertido en “peregrino andante” narra cómo aprendió a conocer el continente indio y mestizo. Su descubrimiento de la otra América, diferente de la realidad insular cubana pero en sintonía con ella, por la belleza de su paisaje y la diversidad de sus poblados, tras la admiración primera, deja lugar a la afirmación de una voluntad de cambio. Aquellas sociedades observadas durante su recorrido por tierras y mares, eran consideradas por él como arcaicas; por ello, tenían que luchar urgentemente por su emancipación y contra la miseria social y cultural. Tras maravillarse por las tradiciones mayas o de la costa caribeña (Yucatán, Belice), el ojo testimonial se focaliza sobre la población “abigarrada” de los negros de la isla holandesa de Curazao. Los define como una “raza degenerada, raza enferma”, una comunidad así percibida ya que para él, la miseria era sinónimo de ignorancia, embrutecimiento, bajeza y sumisión, pero debía inspirar compasión: “los negros pobres de esta tierra”.16

Martí rechaza la inferiorización social a que era sometido el negro, como lo había hecho antes acerca de la deshumanización del esclavo. Tras recordar al anciano negro, conocido durante el presidio, en su “Carta a Valero Pujol” (27 de noviembre de 1877), declaraba su amor por “América tierra de pasión”, “mi gran madre América”, la Madre Patria, tanto su amor a Guatemala como su admiración por “la elocuencia de un negro de África”: “Estoy orgulloso ciertamente, de mi amor a los hombres, de mi apasionado afecto a todas estas tierras, preparadas a común destino por iguales y cruentos dolores.”17

La “raza”, en nuestra América, no es un concepto biológico sino cultural, ya que para Martí las razas no existen. En esto contradice a los latinoamericanos y los cubanos que retomaron el discurso racista, derivado de teorías europeas de los evolucionistas (Darwin, Spencer, Gobineau), sobre las razas superiores e inferiores. Le confiere una significación social a los problemas raciales (negros, indios), por ejemplo en 1884: “No se ve cómo del mismo golpe que paralizó al indio, se paralizó a América? Y hasta que no se haga andar al indio, no comenzará a andar bien la América”, o sea para el progreso en el continente, constituye un freno (o rémora, así aparece en algunos textos suyos). Al respecto, citamos la “Carta a Serafín Bello” (16 de noviembre de 1889, in Obras escogidas, tomo I):

“El hombre de color tiene derecho a ser tratado por sus cualidades de hombre, sin referencia alguna a su color.” “El obrero no es un ser inferior, no se ha de tender a tenerlo en corrales, y gobernarlo con la pica, sino en abrirle, de hermano a hermano, las consideraciones y derechos que aseguran en los pueblos la paz y la felicidad.”

Mediante estas afirmaciones, le hace eco (en contrapunto) a los discursos de ciertos reformadores moderados, algunos cubanos, puertorriqueños y demás, que pretendían reformar la sociedad ocultando los conflictos raciales, la “guerra de razas”, ya que se seguía temiendo el “peligro negro”: se preconizaba no otorgarles derechos a los negros, por si tomaran el poder por las armas y se sublevaran contra sus “salvadores”. Era un discurso que se había propagado desde hacía ya más de un siglo, como consecuencia de la revuelta de los esclavos en Haití y del cimarronaje en Cuba. Varias figuras políticas y pensadores habían puesto en tela de juicio esos falsos razonamientos, con los que se justificaba la necesidad de explotación económica: el abolicionista puertorriqueño Ramón Emeterio Betances que había condenado la esclavitud y la trata, los historiadores y políticos haitianos Louis-Joseph Janvier, Anténor Firmin y Hannibal Price, que publicaron ensayos para “rehabilitar la raza negra” y la historia de la República haitiana. Intentaron deconstruir los discursos racistas de científicos franceses o alemanes que pretendían demostrar, por estudios antropométricos o biológicos, que se podía clasificar a los seres humanos en “razas superiores e inferiores”. Esto fue luego un modo, por parte de los poderes oficiales de países imperialistas, entre otros, de justificar las guerras de conquista colonial, en el transcurso del siglo XIX (Argelia, África del Sur) y del siglo XX (África subsahariana, Asia del sureste).

Antisegregacionismo

Para volver a la citada representación del negro cantando o tocando música, se encuentra pues en los “Apuntes de viaje” (Curazao, Venezuela), y también en las “Escenas americanas” publicadas en la prensa de Estados Unidos. Su artículo, “El terremoto de Charleston” (1886), es una crónica testimonial de cuanto sufrió la población de la ciudad después de un terremoto, y el testigo se fijó en la capa más pobre de esta sociedad: “Son negros, negros en quienes ha resucitado, en lamentosos himnos y en terribles danzas, el miedo primitivo que los fenómenos de la naturaleza inspira a su encendida raza”18. Como ya lo hemos visto, la visión de Martí es esquemática, permaneciendo los negros asociados a sus orígenes primitivos de África, al menos como el público de aquel entonces se lo imaginaba. Sin embargo, este artículo y otros, destaca el interés de Martí por la causa de los negros, menos secundarios en su obra que en la de los escritores del siglo XIX. Martí fue uno de los primeros en reactualizar la gesta ejemplar de un abolicionista norteamericano blanco, John Brown, quien salvó a varios esclavos ayudándoles a huir de la plantación; por lo cual fue condenado a muerte, antes de la guerra de Secesión (cf. Martí, “Un drama terrible”). Asimismo, Martí denunció en La Nación o La Opinión pública, al fin de los ochenta, los linchamientos que ocurrían en el “Sur yanqui” donde ya el Ku Klux Klan había sido fundado:

“muestra la llaga que llevan en el corazón los que se alimentaron de sangre esclava, y hoy viven como sobre carbones ardientes, rechazando con furia el aire negro, el amor negro, la ambición negra: no hay día sin asesinato en los Estados del Sur.”19

Las referencias a otras figuras históricas como Lincoln son numerosas en “Madre América”, “Nuestra América”, en los textos de las Conferencias dedicadas al Congreso de Washington. Se alaba la gesta gloriosa del presidente republicano Abraham Lincoln, por sus esfuerzos por evitar el baño de sangre que había de ser la Guerra de Secesión, y la consecuente escisión del pueblo norteamericano a causa de la abolición de la esclavitud sólo defendida por el Norte (Sur yankee esclavista y conservador): “entre el estruendo y el polvo que levantan al caer las cadenas de un millón de hombres emancipados!” (“Madre América”). Esta imagen, en honor de los esclavos anónimos, se contrapone a la de la Historia oficial dedicada a ensalzar la figura heroica de Lincoln.

Con la misma intencionalidad crítica en su invectiva contra la política imperialista de los Estados Unidos y al poner en tela de juicio el pretendido beneficio que podría sacar Latinoamérica en asociarse política y económicamente con esta potencia que demuestra tanto menosprecio a los pueblos del sur, escribe el cronista en “La Conferencia monetaria de las Repúblicas de América”:

“este factor, que consumió la raza nativa, fomentó y vivió de la esclavitud de otra raza y redujo o robó los países vecinos, se ha acendrado […]. Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho […]. Creen en la superioridad de ”la raza anglosajona contra la raza latina“. Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india, que exterminan. Creen que los pueblos de Hispanoamérica están formados, principalmente, de indios y de negros.”20

Este punto de vista y el anterior comentado reflejan posiciones que durante la segunda mitad del siglo XX se calificaron como una deconstrucción de los mitos, inherente al proceso de descolonización de las mentes. Es de nuevo la prueba de que Martí estaba avanzado para su tiempo, por su lucidez, su ausencia de prejuicios, su espíritu de contradicción frente a los esquemas tradicionales de representación.

En Estados Unidos, José Martí se interesa por el pasado de resistencia antiesclavista a través de otras figuras como Frederick Douglass y Wendell Philips, abogado abolicionista más radical que Lincoln. Martí había colocado un retrato del segundo en su oficina. Le dedicó un elogio fúnebre, en La América y La Nación (febrero y marzo de 1884). Frederick Douglass, nacido esclavo, militante abolicionista, publicó numerosos ensayos y su autobiografía, y se convirtió en una figura política de Estados Unidos. Estaba presente en el Congreso en calidad de Cónsul de Haití. Fue objeto de crítica irónica de parte de Martí, porque le parece demasiado dispuesto a dejar el gobierno de Estados Unidos asentar su poder en Haití (en un contexto de intervenciones militares en Haití y República Dominicana).

Acerca de la cuestión de los descendientes de esclavos en debate, todavía de alcance reducido en aquel tiempo en el territorio estadounidense, se nota que Martí conoce a aquellas dos grandes figuras históricas que han tratado el tema y los cita: F. Douglass y el historiador haitiano Hannibal Price. Por otra parte, su ojo observador denota su interés en hacer patente la desigualdad racial: se da cuenta que en aquellas sociedades coloniales fundadas sobre la explotación de los negros, éstos aún permanecen sometidos a la obligación (o la tradición) de ejercer ciertas profesiones del proletariado o de la domesticidad. Nadie pues, excepto Martí, se asombra en el Congreso que los camareros sean negros: “Los negros van y vienen, diez para cada huésped, cepillo en mano”21.

En el texto n° 5 de las Conferencias (febrero de 1890), Martí concluye evocando unas proposiciones de leyes que otorgaban la autorización de expatriación de los negros de América para África, una “solución” entre otras (como el blanqueamiento, la segregación, la represión, los asesinatos y linchamientos tolerados en muchas ciudades del Sur) para hacer “desaparecer el problema negro” (retomamos términos que se usarán hasta el siglo XX), en vez de promover el acceso libre a la ciudadanía y de imponer la igualdad de derechos, tal y como Martí la defendía. Las medidas, criticadas aquí por el cubano, desembocaron más tarde, por ejemplo en los primeros decenios del siglo XX, en los viajes de la Black Star Line, compañía marítima fundada por Marcus Garvey, hombre político jamaicano. Por motivo del rescate de los orígenes africanos y para afirmar el orgullo del pueblo negro, envió centenares de familias de afrodescendientes a instalarse en África del Oeste (Freetown, Liberia), puesto que la Nación norteamericana los rechazaba:

“Se habla menos del proyecto del debate de los senadores sobre el proyecto de ley que convida a los norteamericanos negros a expatriarse, a salir de su patria para siempre, para que no tengan que tratarlos como hombres, y sentarse a su lado en los carros, los norteamericanos blancos.”22

En “Nuestra América”, el locutor Martí se posicionaba junto a los indios y los negros, apartados de la Historia oficial, para forzar a los nuevos amos a “desestancar al indio”, a “ir haciendo lado al negro suficiente”: el negro ya puede ser orgulloso, recobró su dignidad con la abolición. Le tocaba encontrar su lugar en la sociedad criolla y afirmar sus derechos. La realidad de aquel entonces distaba mucho de lo que anhelaba Martí. No obstante, la “sangre natural” simboliza la legitimidad de todos estos pueblos del continente que han de avanzar juntos, “un solo pecho y una sola mente”23, por ser iguales en derechos y deberes. Van participando en el proceso de civilizar Nuestra América. El “pecho” es la parte noble del cuerpo para el poeta, “me sacaré lo que en el pecho tengo” (Versos libres), ya que es la morada del corazón; la “mente” es el alma y la inteligencia, pues la emoción y la razón, los dos pilares de su concepción del mundo y de la actuación suya para mejorarlo. Es el combate en su propio ser entre las concepciones del arte de tradicional oposición, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, pero en él es un combate fundador, no sólo agónico: se ha de “fundar sobre las hidras”.

Una vez más, podemos constatar el adelanto progresista de la visión ética y política de José Martí respecto de la de sus contemporáneos. En los textos que hemos citado, el autor insistió en la palabra “patria” porque –y esto hasta el siglo XX–, los negros no eran considerados como ciudadanos legítimos de esas naciones americanas, tanto en el norte como en el sur. Para la justa reconsideración y reivindicación de su papel en la conformación de estas naciones, hubo que esperar las negritudes de los años 1910-1916 (con la Black Renaissance y el Black Harlem en Nueva York, animados por norteamericanos y poetas de Jamaica y Trinidad), el Negrismo en el Caribe hispanófono (con Luis Palés Matos, Nicolás Guillén, Manuel del Cabral, respectivamente de Puerto Rico, Cuba y República Dominicana, 1928-1940), el Indigenismo haitiano de la Revue Indigène con Jacques Roumain y Jean-Price Mars al final de los años veinte, las negritudes francófonas con Aimé Césaire, René Ménil, Léon-Gontran Damas, Guy Tirolien, Alioune Diop (Martinica, Guyana, Guadalupe, África del Oeste), de los años treinta a sesenta (primer Congreso de los escritores negros y anticolonialistas en 1956).

Notes

1 “A Néstor Ponce de León”, 1889, OCEC, tomo 15, Poesía II, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2007, pp. 273-274. Retour au texte

2 La América, New York, 5/1884, Obras completas CD-Rom, tomo 8, La Habana, Centro de Estudios Martianos, p. 289. Retour au texte

3 Un viaje a Venezuela, Caracas, Biblioteca Ayacucho, reedición 2005, p. 285. Retour au texte

4 Carmen SUÁREZ LEÓN, José Martí & Victor Hugo, au carrefour des modernités, Paris, Le Temps des Cerises, 2002, p. 139. Retour au texte

5 Consultar el sitio del Centro de Estudios Martianos, www.josemarti.cu. Retour au texte

6 Fernando ORTIZ, “Martí y las razas”, in Raza y racismo, compiladores Esther Pérez y Marcel Lueiro, La Habana, Caminos, 2009, p. 51. Retour au texte

7 Martí citado en ORTIZ, ibid., p. 68. Retour au texte

8 Ivan A. SCHULMAN, “Fernando Ortiz y el culto a Martí” in Vigencias: Martí y el Modernismo, La Habana, CEM, 2005 (cf. “Desde los Estados Unidos: Martí y las minorías étnicas y culturales”, 1981). Retour au texte

9 Tres citas anteriores de Martí, citado por ORTIZ, op. cit., p. 82. Retour au texte

10 ORTIZ, op. cit., p. 75. Retour au texte

11 Miguel BARNET, La fuente viva, La Habana, Editora Abril, 2011, p. 274. Retour au texte

12 Antonio MACEO in Raza y racismo, op. cit., p. 349. Retour au texte

13 Citado por Ortiz, op. cit., p. 82. Cf. Leyda Oquendo, “Martí. Apuntes sobre su antirracismo militante” (2008), Raza y racismo, op. cit., pp. 261-271. Cf. Carlos Alberto Más Zabala, José Martí: del antiesclavismo a la integración racial, La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1996; “José Martí: del antiesclavismo a la integración racial. Mis negros”, 2010-10-25, Cubarte. http://archivo.cubarte.cult.cu/periodico/print/articulo/16003.html Retour au texte

14 José MARTÍ, “Nuestra América”, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 2005, pp. 31-39. Retour au texte

15 Pedro Pablo RODRÍGUEZ, “Nuestra América como programa revolucionario” (1991) in Al Sol voy, atisbos a la política martiana, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, p. 202. Retour au texte

16 José MARTÍ, Biblioteca Ayacucho, op. cit., p. 281, p. 276. Retour au texte

17 Ibid., p. 313. Retour au texte

18 José MARTÍ, Obras escogidas, La Habana, Editora Política, 1979, p. 121. Retour au texte

19 José MARTÍ, Obras completas, tomo XII; cf. Estrade (2000), capítulo III, pp. 209-225. Retour au texte

20 José MARTÍ, Biblioteca Ayacucho, op. cit., p. 154. Retour au texte

21 José MARTÍ, Biblioteca Ayacucho, op. cit., p. 53. Retour au texte

22 Ibid., p. 87. Retour au texte

23 Op. cit., p. 37 Retour au texte

Citer cet article

Référence papier

Sandra Monet-Descombey Hernández, « Abolicionismo y antisegregacionismo en los textos de José Martí », Textures, 21 | 2015, 181-193.

Référence électronique

Sandra Monet-Descombey Hernández, « Abolicionismo y antisegregacionismo en los textos de José Martí », Textures [En ligne], 21 | 2015, mis en ligne le 04 janvier 2023, consulté le 05 octobre 2026. URL : https://publications-prairial.fr/textures/index.php?id=120

Auteur

Sandra Monet-Descombey Hernández

Université de Lyon 2 – LCE – GRIAHAL

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