José Martí, América latina y las conferencias de Washington: panamericanismo y relaciones internacionales

DOI : 10.35562/textures.114

p. 141-155

Plan

Texte

“…habrá de estudiarse a cuál de las dos Américas convienen”1

En julio de 1853, año en que José Martí nació, o sea 36 años antes de las conferencias de Washington, se publicaba en el New York Daily Tribune “La compañía de las Indias orientales y las consecuencias de su actividad”. En este artículo, después de pasar revista de la historia de la rapiña colonial que practicaron los británicos, curiosamente, el autor, don Carlos Marx concluía, hablando de… América Latina. Señalaba el pensador de Londres que, después de haber destruido la industria local y sacado provecho de las Indias, resultaba que los indios, empobrecidos, ya no tenían los medios para comprar productos británicos y que por consiguiente, América Latina iba a convertirse en la nueva meta y así integraría el mercado internacional dominado por los británicos, ya que, además de los productos que ofrecía, existía un poder de compra local para absorber la oferta de productos manufacturados británicos importados:

Mais plus les industriels de la Grande Bretagne devenaient dépendants du marché indien, et plus ils sentaient la nécessité de créer de nouvelles forces productives en Inde, après avoir ruiné son industrie nationale. On ne peut continuer à inonder un pays de ses produits manufacturés à moins de le mettre en état de vous fournir quelques marchandises en retour. Les industriels découvrirent que leur commerce déclinait au lieu de s’accroître. […] Ils découvrirent que la capacité de l’absorption de leurs marchandises était, en Inde, réduite au dernier point, et que la consommation de ces biens aux Indes occidentales britanniques était évaluée à 14 shillings environ par tête d’habitant et par an, au Chili à 9 sh. 3 pence, au Brésil à 6 sh. 5 p., à Cuba à 6 sh. 2 p., au Pérou à 5 sh. 7 p., en Amérique centrale à 10 pence, tandis qu’en Inde elle s’élevait seulement à 9 pence2.

Marx subrayaba un mecanismo que se mantendrá mientras exista la relación (neo)colonial por ser característica intrínseca y consuetudinaria de este sistema de explotación. El centro colonizador necesita destruir los sistemas de producción anteriores –que estructuran la sociedad – para, librándose de toda competencia, imponer la venta de sus mercancías producidas en la metrópoli. Pero al mismo tiempo, dialéctica obliga, al destruir la sociedad anterior y su modo de producción se empobrece ésta hasta el punto que ya no tiene los medios financieros necesarios para comprar los productos que se le impone.

Este fenómeno, que se traduce por la búsqueda y conquista de mercados exteriores es justamente el tema mentor de las Conferencias de Washington de 18891891 que Estados Unidos organizaba. La Conferencia de Washington o Primera Conferencia Panamericana se celebra entre el 2 de octubre de 1889 y el 19 de abril de 1890 y la Conferencia Monetaria Panamericana de enero a abril de 1891. Esta búsqueda de mercados, la expresa claramente Martí al hablar (página 57 de la edición de Ayacucho) del “convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos inservibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menor poder ligadas por el comercio libre útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa”. Es decir en términos martianos que queda claro que EEUU necesita vender un superávit de producción (“productos inservibles”) en el espacio comercial latinoamericano que también es codiciado por Europa, cuando no dominado por Gran Bretaña. Frente a ello, Martí afirma la necesidad de llegar a una nueva independencia, esta vez económica y ya no sólo política. También subraya la naciente prepotencia económica yanqui (52, 65, 76) que va a asolar el sub-continente: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” (69). Recordemos que en el Congreso de Berlín de 1885, Europa ya se ha repartido África.

Por consiguiente intentaremos entregar aquí una rápida guía de lectura de estas Conferencias focalizándonos en el contexto e interesándonos por la situación general de América Latina en esta segunda mitad del siglo XIX, la situación de Estados Unidos, la actitud de América Latina frente a las Conferencias de Washington y, por ende, la recepción del texto de Martí, y el caso de Sáenz Peña.

La situación económica de América Latina en los momentos de las Conferencias

Para entender las Conferencias de Washington, las propuestas presentadas, rechazadas y las resistencias que provocaron, conviene ver cuál era la situación económica global de América Latina y la importancia relativa de las naciones latinoamericanas.

La población de América Latina (Riado 1980, 16) era en 1870 de 41 M de hab. En 1900, alcanza 59 M, es decir que asistimos a una tasa de crecimiento de un por medio de 1,2% al año. En 1914, a 82 millones; la tasa de crecimiento llega al 2,4 %. Más que una supuesta mejora de las condiciones sanitarias es evidentemente la llegada masiva de emigrantes europeos la que explica este incremento. Al igual que Estados Unidos, América Latina se convierte en el vertedero del superávit demográfico europeo. Sin embargo, si en 1870 América Latina tiene todavía una población prácticamente igual a la de América del Norte (+/- 38 M), en 1900, ya no representa más que el +28 % del poblamiento continental (la anglosajona tiene 74 M de hab. contra 82 la parte latina). Este crecimiento demográfico trae consigo un desarrollo productivo.

En 1914, Brasil (con 28,4 M de hab.) y México (15,5 M de hab.) representan el 53,6 % de la población latinoamericana; el 48,4 % en 1870. En 1870, en América Latina, sólo 5 estados tienen más de 2 M de hab. (Brasil, México, Colombia, Argentina y Chile). En 1914, sólo 4 países latinoamericanos tienen más de 5 M de hab. Gracias a la emigración, Argentina (8 M) llega a superar a Colombia (5,7 M); Perú (4), Chile (3), Venezuela (2,6), Cuba (2,3), Bolivia (2,2). (Riado 1980, 20)

en millones

1850*

1870

1900

1900*

1914

Brasil

7,2

10,3

17,3

17,3

28,4

Argentina

1,1

1,9

4

4,7

8

Chile

1,28

2,1

2,7

2,9

3

Bolivia

1,37

2

2,1

1,69

2,2

Perú

1,88

2,6

2,7

3,79

4

Colombia

2,24

3,4

4,3

3,82

5,7

Cuba

1,18

1,3

1,6

1,53

2,3

México

7,66

9,6

13,6

13,6

15,5

Fuentes:3

Este cuadro sucinto muestra el crecimiento espectacular de ciertos países que son los mayores receptores de la llegada masiva de emigrantes. El peso demográfico permite convertir a estos estados en florecientes economías que responden a la demanda europea. A su vez, esta potencia económica les permite pesar en las relaciones internacionales. Ya se vislumbra el grupo ABCM4 que Martí apunta al hablar (56 y 101) del recorrido en tren: “En él no van ni la Argentina, ni México, ni Chile, ni Lafayette Rodríguez [el representante de Brasil], ni Bolivia. Era largo el viaje para los delegados. Se han quedado en Washington”. Otras cosas tienen que hacer que admirar las bellezas de un viaje de propaganda (122).

El envés de la medalla de esta importancia demográfica es que refuerza el sistema de producción latifundista que se nutre de esa mano de obra barata y renovada para hacer funcionar sus mono producciones de cultivos agrícolas extensivos, de poco cuidado y que, al no ser mecanizados, emplean poco capital –y viceversa–. Ahí se está formando una de las primeras razones del distanciamiento entre Estados Unidos y América Latina. A partir de 1850, América Latina se convierte en el primer abastecedor de los mercados europeos y estadounidenses, concretando una dependencia a las mono producciones que Martí apunta (70). Esto se ve facilitado por la mejora de los motores y calderas de la marina de vapor (86) que al consumir menos carbón, dejan más sitio para la mercancía, lo cual reduce los costos de producción y transporte (Riado, 25). Así entre 1870 y 1914, el comercio externo de diversos países latinoamericanos es excedentario y llega a duplicarse en vísperas de la Primera guerra mundial mientras las importaciones se triplican5. “El pueblo que compra manda”, señala Martí.

América Latina está sometida a la dominación del capital británico, pero mientras más se acerca uno hacia el norte del continente, predomina el capital estadounidense. En ciertos países, los gobernantes juegan con las rivalidades entre ambos países anglosajones para dar a creer que hay autonomía y obtener más ventajas (caso de México), o equilibrar entre capital británico y alemán para alejar a Inglaterra que controla la entrada del Orinoco por su presencia en Guayana (caso de Venezuela) (71). En cuanto al comercio, la supremacía del intercambio con Europa está muy afincada (Maya 1996, 771). En 1890, el congresista estadounidense McCleary, que intentaba convencer al Congreso de la necesidad de la Conferencia de Washington, reveló que el transporte de mercancías latinoamericanas era más barato con Inglaterra que con EEUU. De ahí la voluntad, tan presente en el texto de Martí, de EEUU de fomentar líneas de vapores subvencionadas (61, 71, 86, 88 y 93), incluso pidieron que hubiera camarotes de 1ª clase por todo el Caribe… sin duda para viajar cómodos…

De paso conviene recordar la especificidad del caso cubano. Si bien no es un estado soberano, Cuba ve su comercio cada vez más desligado de la metrópoli y atado al Coloso del Norte. En la segunda mitad del siglo XIX, las exportaciones de azúcar cubano hacia Estados Unidos se incrementan. Si en 1865 representan el 65% de la producción, en 1877 alcanzan un 82% para culminar en 1895 –en vísperas de la guerra en un 90% en una época caracterizada por el desarrollo del azúcar de remolacha (Estrade 2000, 164 y Fernández 2002, 40 en Ward 2007). Obviamente, las destrucciones provocadas por la primera guerra de independencia y la guerra chiquita favorecen entrada al capital yanqui para suplir las pérdidas materiales y la falta de ganancias durante 10 años. Y es que para la segunda mitad del siglo XIX Estados Unidos está en pleno crecimiento económico, pero con dificultades políticas.

La situación de Estados Unidos y sus miradas hacia el Sur…

La integración de los territorios conquistados a México6 ha desequilibrado la unión americana ya que estos nuevos estados no se proclaman esclavistas. Por lo tanto el Sur se ve debilitado, pero la conquista del Oeste salva la unidad frente a estados dispuestos a la Secesión. La guerra estallará finalmente en 1861-1865. Y la ocupación militar del Sur por el norte de Estados Unidos finalizará sólo en 1877. Diez años después, este mercado está saturado.

La principal diferencia entre demócratas y republicanos radica en que los demócratas, que representan el Sur agrícola con sus redes familiares y clientelistas, son aislacionistas, mientras que los republicanos representan el norte industrial que por sus necesidades de expansión económica y de conquista de mercados se preocupa por la política externa de Estados Unidos. Es justamente bajo el mandato de Harrison con la vuelta de los republicanos a la Casa Blanca que se realizarán las Conferencias de Washington. Así los demócratas estaban a favor de la unión comercial, los republicanos contra.

Y ahí es cuando aparece el importante personaje de James G. Blaine. En marzo de 1881 Blaine se hizo cargo de los Asuntos exteriores de Estados Unidos –sin haber cursado la Carrera, cosa normal en aquellos tiempos– e hizo una primera propuesta de Conferencia interamericana. En 1881 la situación en América Latina era particularmente tensa por culpa de una serie de conflictos fronterizos en un momento en el que la construcción de los Estados-naciones se afirmaba al interior de unos límites geográficos aún imprecisos: tensión entre Argentina y Chile, entre Guatemala y México, Venezuela y Gran Bretaña, Colombia y Costa Rica, más la Guerra del Pacífico (1879-1883). Este conflicto entre Chile y la coalición peruano-boliviana ocupaba las mentes ya que en él se jugaba el control mundial del nitrato, abono imprescindible a la agricultura de los países industriales. Cualquier crisis alimentaria desorganizaría el sistema productivo manufacturero de un país industrial y dañaría –acaso de modo irreversible –su prepotencia. Blaine consideraba que, frente a tantos conflictos cursando o en ciernes, convenía frenar estas crisis, fuera sólo para impedir la inmisión interesada de potencias europeas dispuestas a dominar las producciones aprovechando los conflictos. Convenía reactivar la Doctrina Monroe para aumentar el prestigio de EEUU en el hemisferio y así conseguir una mayor parte del flujo comercial sudamericano hacia EEUU. De ahí la preocupación por el asunto del arbitraje de conflictos. Otro problema era la lancinante deuda que los estados suramericanos no pagaban a los países europeos acreedores (tal como Venezuela en la que Francia se disponía a intervenir). Por ello Blaine propuso que EEUU supervisara las tarifas aduaneras y su redistribución para pagar las deudas a los acreedores extranjeros y así evitar las intervenciones europeas7. Se trataba de reactivar y actualizar la Doctrina de Monroe, o sea crear las condiciones de paz para que prosperasen los negocios.

Por ello Blaine se propuso reorientar la política externa de Estados Unidos hacia América Latina y desligarla algo de Europa, afirmando que al ser las repúblicas de la parte meridional del continente las “jóvenes hermanas de este gobierno” tendrían que ampararse bajo la “fuerte pero desinteresada” protección de la gran república del Norte (Peskin 1979, 828). De esta relación renovada nacería una era de paz por el arbitraje bajo la dirección de EEUU, que apartaría del continente cualquier agresión proveniente de fuera o de otra república americana (Peskin, idem9). No era sólo una renovación de la Doctrina de Monroe, sino que este dispositivo implicaba que de ahora en adelante las naciones latinoamericanas debían considerar que sus fronteras eran definitivas. Por consiguiente no se aceptarían guerras entre los estados de la América Meridional. La doctrina Blaine protegía a América Latina de los estados europeos y de ellos mismos10. Cuanto más que al igual que otros muchos en su tiempo, Blaine tenía una visión particular de los latinoamericanos: "a race [...] of hot temper, quick to take affront, ready to avenge a wrong, whether real or fancied". Incapaz de mantener el estatus quo sin ayuda externa: “They require external pressure to keep them from war; when at war, they require external pressure to bring them to peace”. Y esa presión externa, esta buena ayuda, sólo podía venir de EEUU11.

Para que América Latina aceptara las propuestas de Blaine, convenía que EEUU mostrara el ejemplo. Sólo renunciando a nuevas expansiones territoriales podía imponer su nueva visión de las relaciones interamericanas. Pero justo a una generación de la conquista de más del 55% del territorio mexicano por Estados Unidos y de la anhelada anexión de Santo Domingo por la administración Grant (1869-1877), las mentalidades latinoamericanas estaban alertas y desconfiadas. Blaine pretendía que Estados Unidos desempeñara el mismo papel de terciador entre los países al igual que Gran Bretaña lo había hecho y lo hacía en Europa. La suspensión de las conquistas territoriales favorecía y reforzaba el intercambio comercial. Blaine deseaba obtener una paz duradera para desarrollar éste.

La necesidad de mantener relaciones más cercanas con América Latina era un deseo antiguo en Garfield. Ya en 1872, el entonces representante del Congreso y futuro presidente de EEUU abogaba a favor de un reforzamiento de las relaciones con las repúblicas latinoamericanas, prefiriendo cerrar, por razones presupuestarias, 5 o 6 legaciones en Europa y no en América Latina o en China, aseverando que si no, Gran Bretaña gastaría 3 veces más que EEUU lo cual le permitiría mantener relaciones comerciales reforzadas. Concluía diciendo de los países latinoamericanos: “They are our neighbours and friends”12… En febrero de 1879, instó al Congreso a que reforzara las relaciones con los vecinos del Sur con un argumento aún más explícito que los que más tarde Blaine emplearía: para asegurar la expansión comercial estadounidense era necesario apartar la venidera expansión británica en el hemisferio occidental. Al proponer tarifas recíprocas, Garfield anticipó la propuesta de Blaine y ante el Congreso desveló el interés de Estados Unidos por el sistema británico, la voluntad de desplazar a éste, y el deseo de conquistar mercados que respondía a las apremiantes necesidades de un sistema industrial en pleno crecimiento:

We want all fair chances that the markets of the world can give us for selling our surplus supplies. We want this on general principals, but we want it with South America for special reasons. This great tropical world that lies at our doors sends us millions of supplies. We must make it possible for them to take back from us our products in return and thus establish what shall equal a reciprocal arrangement of commerce.
We are told more than half of all exports of the Empire of Brazil come to us, and yet of what she imports from other countries she gets less than one-tenth from us. If there any natural reason why she should send us $ 100.000.000 of products per annum and instead of taking from us our products in exchange, should go to England and buy them…?13

El mismo punto de vista se aplicaba a China, y más generalmente a Asia. Con la adquisición de Alaska y terminación del ferrocarril transcontinental, Estados Unidos era una potencia en el Pacífico destinada a ser “el árbitro de los mares, el controlador de su comercio y la principal nación que ocupe sus costas”14. Para realizar su expansión, EEUU se valía del modelo imperialista británico. El debate sobre la anexión de Hawái y ocupación de Samoa llevó a Garfield a separar cuidadosamente la penetración económica de la anexión política. Favorecía la primera con vista a que ésta volvería obvia la segunda. Esta distinción se compaginaba perfectamente con la oposición de Blaine a cualquier anexión territorial. Así, por razones pragmáticas, Blaine se opuso a la anexión de Santo Domingo deseada por Grant. Conservando esa línea política, en 1876, Blaine declaró que con salvedad de Canadá15:

creo que hemos llegado al final de nuestras anexiones; y al decir eso, incluyo el grupo entero de las Antillas [...] No puedo decirlo con mayor convicción al afirmar que si se nos ofreciera la isla de Cuba con el consentimiento de todas las potencias del mundo, y 100 millones de dólares en oro como premio por esta aceptación, sin pensarlo un solo instante rechazaría la oferta16.

De esta manera, para poner en práctica estos ideales, a fin de “lanzar esa nueva era de paz universal”, el 27 de noviembre de 1881, Blaine propuso convocar una conferencia panamericana en… Panamá. Alcanzaría el punto álgido de su carrera este nuevo Bolívar… El resultado de la conferencia, según le afirmó al presidente de EEUU, traería buenas relaciones con todas las naciones americanas. Promovería el reino de la ley y del orden. Aumentaría la producción y el consumo17. Queda evidente que al llegar a secretario de Asuntos Exteriores, Blaine había abandonado sus opiniones proteccionistas, dispuesto a convertirse en el campeón del libre comercio. El único modo de apartar el peligro del control británico sobre el comercio latinoamericano era incrementar el intercambio con la región sureña. Este auge favorecería las exportaciones estadounidenses que eran la clave para aumentar la prosperidad yanqui. Al compartir esta visión, el presidente republicano James A. Garfield aceptó la idea de una convocatoria a una conferencia panamericana en 1882 que reduciría las tensiones entre estados latinoamericanos y sería el foro ideal para discutir de los medios de incrementar el comercio (Pletcher 1978, 55-56). Pero todos estos sueños se vinieron repentinamente abajo el 2 de julio de 1881 cuando, al ser asesinado Garfield por el loco Guiteau, 6 meses después de su llegada a la Casa Blanca, Blaine fue apartado del ministerio.

El biógrafo de Blaine, David S. Muzzey considera que la política latinoamericana de EEUU de entonces fue el producto de Blaine: "no hay nada en los escritos públicos o privados de Garfield que muestren que tuvo algún interés en los asuntos latinoamericanos" (Muzzey, 220). Allan Peskin considera que aunque hubiera tenido la oportunidad, Blaine no habría conseguido completar su gran propósito, ya que “demasiado lleno de una impaciencia nerviosa” no podía ser realmente un diplomático. Por sus pesadas interferencias, sólo conseguía enajenarse los gobiernos extranjeros con los que trataba. Lo único que obtuvo de tantos esfuerzos fue que Chile y Argentina aceptaran su mediación en el conflicto del trazado de fronteras que los oponía. En otras partes sólo levantaron resentimiento (Peskin, 84-85). Suspicaces de un sesgo favorable a Guatemala, los mexicanos rechazaron todas las ofertas de arbitraje estadounidense hasta que Blaine abandonó el gobierno. El esfuerzo de Blaine para revisar los acuerdos Clayton-Bulwer18 sólo le valió del Foreign Office británico un sermón paternalista que le recordó la obligación de permanencia de los tratados firmados. En resumidas cuentas, Blaine era un aficionado al arte diplomático, fue un desastre ambicioso, aunque trajo conceptos nuevos. En cuanto a su gestión de la Guerra del Pacífico, no tuvo ningún éxito. Pero merece ser considerada con atención. Ofrece algunas claves de explicación para entender el liderazgo de la oposición argentina en las Conferencias de Washington.

Obviamente, al no ser partícipe de las cartas privadas de Blaine, Martí no conocía los cambios de ideales de éste, pero al haber coincidido la estancia del cubano en EEUU cuando aquél fue ministro de Asuntos Exteriores, candidato a la presidencia de la República (71) y finalmente organizador de las Conferencias de Washington, Martí conocía suficientemente al personaje y a los grupos de intereses económicos y financieros que representaba (50, 63-64 etc.).

La Guerra del Pacífico entre Chile y la confederación peruano-boliviana, acaparó las mentes americanas, cuanto más que por las ventas de armas la intervención europea era palpable. Y ahí es donde Blaine metió la pata, y se dio a conocer a Martí que antes lo había elogiado. En 1881, en su primera “Carta de Nueva York” en La Opinión Nacional de Caracas del 5 de septiembre, afirma que “Blaine, en quien brilla luz de genio, quiere nación libre, tesoro puro, derecho asegurado; quiere grandeza americana por las libertades que han hecho la fortuna de este pueblo” (OC 20/08/1881). Más tarde declara “Blaine, este brillante hombre capaz de una política sana, intrépida y gloriosa, y amigo de la América del Sur” (OC 16/10/1881). Si se compara con (70-71) todo cambia. Aparece como el títere que sirve a los grandes empresarios mientras espera la hora de llegar a la presidencia. La opinión difiere.

Y es que en su voluntad de medrar, Blaine comete el error de entrar en corruptelas políticas. En su tentativa de mediación en la Guerra del Pacífico, integra en las negociaciones una cláusula que defiende los intereses financieros de unos amigos suyos: Perú no perdería territorio frente a Chile, pero la obligación de la nueva deuda lo convertiría en protectorado de Estados Unidos (Ward 2007, 107). De ahí la tajante sentencia martiana que volverá a emplear en sus escritos cuando Blaine se presente a la presidencia, que es una manera que tiene Martí de disculparse frente a la visión positiva que tuvo del personaje, unos años antes: “El hombre no es lo que se ve, sino lo que no se ve. Lleva la grandeza en sus entrañas” (OC 04/03/1882), y siempre hablando de Blaine, dictamina “que no fue juicioso lo de mezclarse en la contienda de Chile y el

Perú (98-99). Martí conocía perfectamente el asunto del Perú. Siendo maestro en Venezuela había leído la famosa Historia de la Guerra del Pacífico del chileno Diego Barros Arana (Ballón Aguirre 2003, 163-166), llegando incluso a dejar en sus apuntes un pensamiento lapidario: “Niego a Chile el derecho de declarar la guerra al Perú” (1881 OC 21, 300) Todo ello es prueba del interés que el conflicto pacífico había provocado en Martí como entre sus contemporáneos. En su artículo publicado en La Nación, el 19 de diciembre de 1889 (61) vuelve a sacar a relucir el asunto.

Total, que en vísperas de las Conferencias de Washington, Martí no podía apreciar mucho a Blaine. Con él es feroz desde el principio de la Conferencia (54): “El Tribune dice que el aplauso fue espontáneo, largo, nutrido. De Blaine es el Tribune” (y 78). Más tarde (97) tras el discurso de Sáenz Peña señala que preside la comisión “Blaine, pálido”. El personaje ha perdido mucho de su soberbia y ahora pierde compostura: “Blaine convulso, deja su sitial, echa sobre la mesa los papeles, como quien algo más que papeles quisiese echar” (112). "Too full of nervous impatience to be a proper diplomat"… (Peskin 1979, 85).

Es bajo el mandato de Harrison, con la vuelta de los republicanos a la Casa Blanca que se realizan las Conferencias de Washington. Diez años después de la actitud que tuvimos ocasión de ver, al celebrarse dicha reunión, Blaine había evolucionado en su concepción de las relaciones norte-sur. Aunque que, como buen político, sabía mantener un doble lenguaje: “en una afirmación de 1890, el ministro planteaba que EEUU ya no buscaban expansión de territorios sino de comercio”, sin embargo, en 1891 en una carta al presidente Harrison afirmaba “la importancia de apoderarse de Cuba, Puerto Rico y Hawái” (Ward 2007, 104). Sólo la obligación de estar en paz con territorios – estados ingobernables de América Latina – y la necesidad de tener – al igual que los británicos – puertos navales de abastecimiento, en particular estaciones carboneras, explica esta actitud que se plantea la obligación de crecimiento económico a través del comercio marítimo de ultramar y la consiguiente dominación de los mares. La idea de Blaine era dejar de lado las conquistas territoriales al sur de Río Grande, estrechar vínculos de paz y amistad con los Estados latinoamericanos para que estos desarrollaran sus capacidades de producción y que EEUU se aprovechara de ellas al desarrollar su comercio internacional. Las Conferencias de Washington habrían de ser el marco en el que se discutirían las modalidades indispensables a este crecimiento del intercambio (reciprocidad comercial en vista de la reducción de los aranceles, homogeneización de aduanas, monedas, pesos y medidas, etc.). Es decir todo lo que facilitaba la obtención de materias primas y la conquista de mercados de salida de mercancías made in usa (76).

Recepción del texto de Martí

Conviene recordar que la Conferencia de Washington o Primera Conferencia Panamericana y la Conferencia Monetaria Panamericana se adjetivan a menudo como Congreso panamericano. Sin embargo, este término es inexacto ya que deja suponer una igualdad entre todos los países, mientras que es evidente que quien imponía sus puntos de vista y defendía sus intereses era EEUU quien tomaba el control de diversos aspectos comerciales y diplomáticos de las conferencias, llegando a proponer que la representación en el seno de una unidad americana se hiciera en función de la población de cada país. De modo extraordinario los delegados latinoamericanos contestaron que esa desigualdad entre “la extensión territorial, la población y la riqueza” era un problema que los Estados Unidos habían resuelto en su Constitución…

Por otra parte, afirmarse Congreso panamericano era una manera de construir el mito de que aceptar el sistema interamericano era prolongar los ideales del Libertador Bolívar, ya que supuestamente éste era el padre del panamericanismo19. Salvo que, conviene restablecer la verdad histórica, el Congreso de Panamá de 1826 fue la primera conferencia de las naciones exclusivamente hispanoamericanas, no fue invitado Brasil por ser monarquía. En cuanto a los delegados estadounidenses, uno murió en camino y el otro enfermó gravemente. El adjetivo panamericano fue acuñado y popularizado por la prensa yanqui a partir de 188220.

Finalmente conviene recalcar que los estatutos de la Conferencia subrayaban el error de emplear el vocablo panamericano recordando además que era una conferencia y no un congreso, sutil diferencia, ya que “una conferencia internacional sólo señala y recomienda temas para la acción gubernamental. Mientras un congreso internacional suele componerse de representantes que están autorizados para firmar y concluir tratados” según advirtió también el congresista McCleary (Maya 1996, 777). De modo que los representantes latinoamericanos sabían que ninguna de las conclusiones o recomendaciones podía convertirse en dictamen a no ser ratificadas por sus respectivos países, lo cual obviamente no sucedió. Desde un principio, por su carácter legal, las Conferencias de Washington no podían lograr mucho y desde el inicio la convocatoria a una reunión no provocó entusiasmo, situación a la que EEUU no se esperaba (Maya 1996, 768-9). Sospechas frente a EEUU y rivalidades interamericanas no facilitaban la tarea. Todos los países acabaron por concurrir con excepción de la República Dominicana (42). Los centroamericanos fueron los primeros en responder de modo positivo, buscando por temor a México amparo de pequeños países a la sombra del Coloso del Norte. Y Martí dirá: “ya vuelven a Centro América los de los 5 países más centroamericanos de lo que vinieron, porque al venir se veían de soslayo unos a otros y ahora se van juntos como si comprendieran que este modo de andar les va mejor” (116), es decir más unidos (92, 71, 78).

México fue el último en anunciar su participación. La desconfianza hacia EEUU era enorme, ya en 1886 el representante de México en Washington, Matías Romero (105), escribe a su ministro Ignacio Mariscal: “Es de sentirse que en este caso como en otros anteriores semejantes, se adopte por los Estados Unidos un tono que parece tener algo de imperativo y que podría ofender a las naciones que se proponen invitar, o por lo menos causarles mala impresión e inspirarles desconfianza” (Maya 1996, 769). Añadiendo más tarde “que aunque llegue a reunirse la Asamblea americana en Washington, ella no conduciría a ningún resultado práctico”.

Durante la conferencia, cuando se tocó el tema del desarrollo de los ferrocarriles, Romero recordó a los yanquis que esto ya se había dado en el tratado de reciprocidad entre México y Estados Unidos de 1883 y no había dado resultado ninguno –Martí alude al caso (69)–, entonces, si México estaba conectado a Estados Unidos por 4 líneas ¿Cómo se podía hacer efectivo con naciones tan lejanas como Brasil?... (véase también 87).

Conviene interesarse por el relato que Martí hace de las Conferencias. La escritura martiana está llena de detalles y anécdotas, los rumores colectivos (55) en particular sobre el comportamiento y pensamiento de ciertos delegados, lo cual completa de modo afortunado la rigidez y exactitud de las minutas o actas de las Conferencias. Pero no con la misma precisión En efecto, ¿qué valor pueden tener los rumores de pasillo que reproducen (102) o este “dicen que dijo, en conversación privada, Quintana a Blaine” (103)… Pero sobre todo, a través de la crónica martiana, nos enteramos de los entretelones de la conferencia: cómo los grandes capitalistas agasajan (90) –o compran– a los delegados suramericanos para ganarse futuras partes de mercado (50), el viaje gratis en tren “los huéspedes de esta excursión, dice el itinerario oficial, estarán libres de todo gasto” (52). La impresión de boato, de riqueza, de gran acogida (55) es entregada desde el principio de los informes de Martí.

Conviene subrayar el trabajo de revista de prensa yanqui que realiza Martí (52) informando al Continente de lo que informan sobre el Continente. Y la admiración por el medio por entonces más moderno (87) de transmitir la información: “Lo visible de la conferencia, lo ha ido el telégrafo contando” (93). La noticia es rápida, escueta, pública, sintetizada, acaso en demasía, frente a la necesidad del análisis. Entonces es cuando Martí hace suya la labor pedagógica. Sin embargo, Fernández Retamar revela la censura de la que Martí fue víctima en su tiempo al publicar sus verdades sobre Estados Unidos. El 15 de junio de 1882, al enviar su primera crónica, ésta es recortada por la dirección de La Nación Argentina. Bartolomé Mitre, el director fundador del matutino bonaerense, le escribe:

La supresión de una parte de su primera carta […], ha respondido a la necesidad de conservar al diario la consecuencia de sus ideas […] Sin desconocer el fondo de verdad de sus apreciaciones, y la sinceridad de su origen, hemos juzgado que su esencia, extremadamente radical en la forma absoluta de las conclusiones, se apartaba algún tanto de las líneas de conducta que a nuestro modo de ver, consultando opiniones anteriormente comprendidas, a la par que las conveniencias de empresa, debía adoptarse desde el principio […]. La parte suprimida de su carta, encerrando verdades innegables, podría inducir en el error de creer que se abría una campaña de “denunciation” [sic] contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social, como centro económico […] Su carta habría sido todo sombras, si se hubiera publicado como vino”21.

Por consiguiente conviene observar la relación que podía existir entre el Apóstol y el título porteño que si bien consideraba que la crónica martiana encerraba “verdades innegables”, en nombre del equilibrio retórico (“todo sombras”) lo censuraba a causa de la línea editorial muy definida que mantenía. La Nación Argentina –cuyo título ha sido cortado por los estudiosos martianos22– fue fundado el 4 de enero de 1870, por quien fue presidente de la República Argentina, Bartolomé Mitre, inspirándose en la tradición y en la calidad del más antiguo de los periódicos latinoamericanos, El Mercurio de Valparaíso (fundado en 1827) cuya meta era para mejor servir su propósito copiar el muy serio y bien informado Times de Londres. Estos diarios del Cono Sur, al igual que el habanero Diario de la Marina (fundado en 1832), al defender los intereses de la burguesía mercante representaban puntos de vista conservadores. La Nación… fue portavoz de los intereses de la oligarquía exportadora agropecuaria argentina. ¿Cómo se situaba Martí frente a ello?23 Lo que se sabe es que por sus colaboraciones con La Nación Argentina como con el periódico mexicano El Partido Liberal, Martí recibe unos 100 pesos cuando en realidad unos veinte periódicos latinoamericanos, reproducen enteramente o por partes sus cartas (Fernández/Hidalgo 1983, 12 y 56). Eso nos da sin embargo una idea de la amplia e importante difusión de sus ideas a escala continental.

El caso Sáenz Peña

Otro vecino distante era Argentina cuyo delegado Roque Sáenz Peña fue “el héroe del día” de la Conferencia, según palabras de Martí (84), ya que se ganó fama de valeroso con esta frase lapidaria que parece enterrar la Doctrina de Monroe, “América para la Humanidad” como respuesta a “América para los americanos” (93). Sáenz Peña representa a un país ligado a Gran Bretaña que realiza más de un tercio de su comercio con ésta. Pero también Sáenz Peña está ligado a Perú, de ahí acaso la razón de cierta enemistad con Blaine. En efecto, en 1879, a los 28 años, como buen internacionalista argentino, Sáenz Peña se alistó en el ejército peruano para combatir contra Chile (sirvió en la batalla de Tarapacá y fue hecho preso en la del Morro de Arica en 1880, siendo posteriormente devuelto a Argentina). Sin embargo, como fiel representante argentino, también pide más capital… A sabiendas de que en realidad, Estados Unidos no lo tiene, ni tiene capacidad, ni voluntad:

Sáenz Peña les demuestra la vanidad de pretender henchir de artefactos del Norte el mercado argentino, cuando el Norte le cierra las puertas a los productos argentinos, los invita, más con su altiva tranquilidad que con su solicitud, a tratar con el país sobre bases de conocimiento y de respecto; los induce a llevar a la Argentina las manufacturas de las lanas. (125)

Argentina pedía capital para industrializarse –Sarmiento había soñado con que fuera “los EEUU de América del Sur–, Sáenz Peña ironiza invitando a EEUU a invertir a sabiendas de que –en aquellos tiempos– la naturaleza del sistema capitalista impedía trasladar las manufacturas productoras (sólo las transformadoras) y que Washington no tenía fuerza para enfrentar a Gran Bretaña: “Allí hay gran campo para la venta: pongan capitales […] lleven máquinas, y útiles y materiales de fabricación, que ya se hará porque entren, puesto que es para bien de las repúblicas, libres de derechos. ¿Ganancias? ¡Por supuesto que las hay!” (125-126). Bello optimismo en vísperas del Centenario.

Quien posee la masa monetaria es Europa, Francia (hasta la guerra francoprusiana, París posee la mitad de las reservas de oro del mundo) y Gran Bretaña, “la poca confianza que los [Estados Unidos] mostraban en los créditos en que es Europa pródiga” (63); además para Argentina el mercado británico es libre (64). Habla Martí de la denuncia de prácticas proteccionistas, Sáenz Peña recordará el problema de la lana (69 y 96) de la que Argentina es la 2ª productora mundial después de Uruguay absorbido por el mercado británico, y a Buenos Aires le faltan salidas, de ahí que el discurso de Sáenz Peña se centre sobre Europa y torne alrededor del Zollverein (93), es decir de cómo ciertos países europeos reducen los derechos de aduanas mientras

Estados Unidos los mantiene. Es evidente que Sáenz Peña desarrolla la línea de conducta establecida por Alberdi en la etapa de la Organización nacional, allá por 18531862, y que contempla una Argentina vinculada por razones culturales y económicas más a Europa que a Estados Unidos. Desde tiempos de Mariano Moreno o Bernardino Rivadavia, Europa es la garantía de la prosperidad, mientras Brasil y Estados Unidos fuentes de conflicto. Y Gran Bretaña, el libre mercado.

Para concluir conviene ponerse de moda y empalmar con la historiografía actual preocupada por la memoria –a veces más que por los hechos –. Es interesante recordar que la admiración de Martí por Sáenz Peña será recompensada en 1898 cuando el argentino alzará la voz para rechazar la intervención yanqui contra la independencia de Cuba24. Acordándose de la Conferencia de Washington, pondrá en relación los dos momentos históricos afirmando “La conquista es la fuerza, ley del bruto e ignominia del hombre, cuando no la comprimen el derecho y la moderación, que es la hidalguía de la fuerza misma; es el bandolerismo de las naciones, es el asalto a las soberanías, despojo sin proceso, crimen sin juez, que insulta al cielo y enrojece la tierra con sangre y rubor!” (Sáenz Peña 1898, 6) y más adelante proclamaba –y parece que la Historia le da la razón hasta hoy en día– “¡La felicidad de los Estados Unidos, es la institución más onerosa que pesa sobre el mundo!” (Idem, 26).

¿Qué quedó de las Conferencias de Washington?, una consciencia latinoamericana reforzada, de la que los escritos de Martí dan constancia y son partícipes.

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Notes

1 José MARTÍ, Nuestra América, Caracas, ed. Ayacucho, página 65, de ahora en adelante: (65), etc. Retour au texte

2 Karl MARX, escrito el 24 de Junio de 1853, publicado en el New York Daily Tribune (n° 3816), 11 de Julio de 1853. Es interesante comprobar que el artículo de Marx (1977, 57-58), que se centra sobre la historia del desarrollo de la explotación económica colonial de la India, acaba justamente sobre esta cita que muestra que, acabado un ciclo de explotación en la India, América Latina es la región del porvenir por la masa monetaria (poder de compra) disponible. Otro tanto ocurrirá con Cuba cuando el gobernador Leonard Wood dejará la Isla para ser director de los intereses comerciales estadounidenses en China. Un mercado agotado reemplaza otro en plena expansión productiva. Retour au texte

3 Cifras de 1850* y 1900*: según CHEVALIER 1993, 129 a base de Nicolás SÁNCHEZ ALBORNOZ, La Población de América Latina desde los tiempos precolombinos hasta el año 2000. Cifras de 1870 a 1914, RIADO 1980. Como se echa de ver, los datos difieren poco entre los dos autores. Retour au texte

4 Por consiguiente se entienden las numerosas referencias a estos países en los escritos martianos que versan sobre las Conferencias. El grupo ABCM (Argentina, Brasil, Colombia y después Chile, y México) –Colombia es diplomáticamente quebrada después de la Guerra de los Mil días que acaba por la escisión de Panamá que permitirá más tarde a Estados Unidos hacerse con el Canal– reúne a los países más poblados es decir los que tienen un mayor desarrollo económico que les permitirá, a partir de 1915, frente a la ocupación de Veracruz por los Marines, emprender una política externa de respuesta a las propuestas o agresiones estadounidenses. Retour au texte

5 Entre 1901/1905 y 1913, América Latina duplica sus exportaciones a Europa y Estados Unidos (750 a 1.400 M us$), con lo cual las importaciones de América Latina casi se triplican (pasando de 473 a 1.100 M us$ en mercancía), o sea que el excedente a favor de América Latina se reduce pasando de 277 a 290 M us$. (Riado, 31). Sin embargo, la endémica falta de capital, la ausencia de mercado interno y el desinterés por la aparición de un proletariado, al igual que la ínfima existencia de carbón, frenan la industrialización. Retour au texte

6 Esta conquista se llevó a cabo bajo la presidencia del demócrata Franklin Pierce (1853-1857). Conviene entenderla, no desde el punto de vista latinoamericano de una agresión y consecuente pérdida territorial, sino desde el punto de vista estadounidense, para entender el contexto futuro de las Conferencias de Washington. La tensión entre los intereses productivos divergentes del Norte y del Sur de EEUU provocó la escapatoria de la conquista hacia el Oeste. La tirantez era tan fuerte que para aliviar la tensión entre esto (abolicionistas y esclavistas) y así evitar la guerra, convenía distraerla y conquistar otras tierras para repartir la masa demográfica creciente, y sobre todo impedir la secesión voluntaria de ciertos estados del Sur. La guerra de Texas no sólo aumentó el territorio de EEUU sino que lo salvó de la inevitable fragmentación. Retrasando la Guerra de Secesión que se verificará finalmente 17 años más tarde, entre 1861-1865. Con esta conquista EEUU mantuvo su supervivencia salvando su unidad pero ganándose fama merecida de imperialista. Retour au texte

7 "The interests, commercial and political, of the U S on this continent, transcend in extent and importance those of any power and where these immense interests are deeply involved this government must preserve a position where its influence will be most independent and efficient" Blaine to L. P. Morton, September 5, 1881, ibid, 426-427. Retour au texte

8 in Blaine to L. P. Morton, september 5, 1881, in US Dept. of State, Papers Relating to the Foreign Relations of the United States: 1881 (Washington, 1882), 426-427. Retour au texte

9 Blaine to Philip H. Morgon, June 21, 1881, ibid, 768-770. Retour au texte

10 "Of late years the American movement toward fixity of boundaries & abstention from territorial enlargement has been so marked, and so necessarily a part of the continental policy of the American republics, that any departure therefrom becomes necessarily a menace to the interests of all… The peaceful maintenance of the status quo of the American commonwealths is the very essence of their policy of harmonious alliance for self-preservation…". in Blaine to Philip H. Morgon, June 21, 1881, ibid, 768-770. Citado por PESKIN p. 83. Retour au texte

11 Blaine, Foreign Policy, 3 (Peskin). Póngase en paralelo con lo que dice Martí (104): “No es cuestión de razas…” Retour au texte

12 Las Repúblicas latinoamericanas son nuestros vecinos y amigos, in Burke Aaron Hinsdale (ed.), The Works of James Abram Garfield (2 vols.), Boston, 1883, II, p. 277-278 (PESKIN 1979, 86). Retour au texte

13 Congressional Record, 45 Cong., 2 sess., 2127 (PESKIN 1979, 87). Retour au texte

14 Garfield, Works, II, p. 281 (PESKIN 1979, 88). Retour au texte

15 En 1877 una comisión internacional establecida en Halifax (Canadá británico) dio su dictamen a favor de Gran Bretaña en una disputa acerca de caladeros de pesca, Blaine estaba en contra, pero consideró que convenía dar una buena imagen de EEUU, y por consiguiente pagar la multa. Retour au texte

16 "I trust we have seen last of our annexations; and in this remark I include the whole group of West India Island [...] I cannot more strongly state my view of that subject than by saying that, if the Island of Cuba were offered to us with the consent of all the powers of the world, and $ 100.000.000 in gold were offered as a bonus for its acceptance, I would unhesitatingly vote to decline the offer" in GARFIEL, Works, II, 320; also "Speech on Public Expenditures", January 23, 1872, Ibid, 4-5, (PESKIN 1979, 88). Retour au texte

17 "will bring us into kindly relations with all the American nations. It will promote the reign of law and order. It will increase production and consumption [...]. It will, at all events, be a friendly and auspicious beginning in the direction of American influence and trade in a large field which we have hiterto [hasta ahora] neglected": open letter of Blaine to President Chester Alan Arthur, New York Tribune, February 4, 1882, in David SAVILLE MUZZEY, James G. Blaine, A Political Idol of Other Days, NY, 1934, p. 219 (Peskin 1979, 84). Retour au texte

18 Este tratado fue firmado por John Clayton secretario de Asuntos Exteriores de EEUU y Henry Bulwer representante inglés, el 19 de abril 1850, suponía una aceptación por EEUU que la potencia británica tenía sus derechos sobre la región reservando a esas dos potencias el control y uso de un venidero canal interoceánico en un espacio comprendido entre Tehuantepec (México) y Panamá (Morales Padrón 1987, 90-91). Retour au texte

19 ,Esto se veía sin duda facilitado por el hecho de que Bolívar había reunido el Congreso anfictiónico en Panamá, la aliteración facilitaba la confusión… Retour au texte

20 Por The Evening Post (NY) del 27 de julio de 1882, poco después de que Blaine lanzara la idea de dicha conferencia. Retour au texte

21 Mitre a Martí, 26 de septiembre de 1882, citado por FERNÁNDEZ RETAMAR (1978, 136-137) recortamos. Retour au texte

22 Su título se recortó oficialmente en agosto de 1945, época en que ya gozaba del mayor lectorado en América Latina, producto de la entonces excelencia del sistema educativo argentino. Retour au texte

23 Conviene sin embargo leer a Fraiolo para conocer parte de las editoriales de Mitre sobre la Conferencia. Retour au texte

24 A sabiendas de que Sáenz Peña como otros muchos no estaban lejos de preferir el mantenimiento de España como supuesto obstáculo a la expansión yanqui. La publicación, sus autores, era favorable a la monarquía española. Retour au texte

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Alvar de la Llosa, « José Martí, América latina y las conferencias de Washington: panamericanismo y relaciones internacionales », Textures, 21 | 2015, 141-155.

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Alvar de la Llosa, « José Martí, América latina y las conferencias de Washington: panamericanismo y relaciones internacionales », Textures [En ligne], 21 | 2015, mis en ligne le 04 janvier 2023, consulté le 04 octobre 2026. URL : https://publications-prairial.fr/textures/index.php?id=114

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Alvar de la Llosa

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